Persecuciones, censura,
arrestos arbitrarios, prohibiciones y muerte a quienes denuncian
imposturas sociales, filosóficas y culturales; zozobras sin fin al
apreciar la dimensión de la fragilidad de una vida mortal, cuando ésta
flota a la deriva o perdida entre los intersticios de sordidez
inhumana, entre los espacios de funcionamiento de un Estado terrorista
–y si el tormento individual ya no fuera suficiente, entonces también la
de los propios seres queridos puestos a merced de la misma voracidad
insaciable, al alcance del mismo Moloch sediento de impulsos
antivitales, procurando alimentarse de sangres siempre jóvenes.
Esta
densidad en la calidad de lo siniestro, esta situación inadmisible e
intolerable, algunos que ya hemos vivido lo suficiente las hemos
experimentado en nuestros propios cuerpos, en distintas etapas, en
distintos momentos, en nuestra región. Comprendemos lo que significa y
se nos hace difícil transmitirla a las generaciones más jóvenes,
felizmente nacidas y crecidas bajo otros cielos más dulces, más límpidos
–o, por lo menos, infinitamente más promisorios. De ellas, sólo cabe
esperar que sepan apreciar el valor de la amada libertad. Difícil
también explicarlo, aunque sólo sea teóricamente, a nuestros amigos
europeos. La realidad de América Latina, desfasada, intermitente; sus
horribles fracturas, sus abruptas perspectivas, sus deslizamientos tan
contradictorios en el reinado de las apariencias –y asimismo, sus
sueños, su fiesta…
Hoy
es Colombia el punto más sensible, el lugar donde se corrobora el
espectáculo de los mayores despojos, es el laboratorio del más delirante
y excéntrico experimento capitalista de nuestra América. Y es un Estado
capaz de financiar, en su temeridad, tanto la persecución de los poetas
como la celebración de absurdos festivales de poesía. Estado de una “democracia de baja intensidad”, como también se ha dicho, tratando así de suavizar su máscara más inconfundiblemente cadavérica.
En
este punto en particular en nuestra América, aguarda Angye Gaona (como
seguramente aguardan muchos otros), sentada en el banquillo de los
acusados, un veredicto de cuya imparcialidad ya nadie podría creer – por
parte de una Justicia y un Estado que para todo el mundo no podrían
estar más descalificados.
Entonces, nuestra adhesión y solidaridad incondicional para con ANGYE GAONA. Y para todos los que sufren, como ella, de agresiones y persecuciones del Estado por el sólo “delito” de expresar sus ideas.
GRUPO SURREALISTA DEL RIO DE LA PLATA
Buenos Aires, enero 2012