Nos preguntamos si tantos esfuerzos encaminados a defender la "exposición de la imagen" (y, consecuentemente, la imagen servida en el marco de una exposición), realmente obedecen a una preocupación seria de índole intelectual o si, por el contrario, obedecen a otro interés diverso. Tenemos derecho de hacernos esta pregunta, porque ya hemos visto en América Latina (Ref. nuestro texto del 2006 Unmistikable Miserabilism Signs: Derrame Group from Santiago de Chile) dónde conducen unos debates que, en el mejor de los casos, rutinariamente plantean "actos de fe" (como los define Merl Storr con exactitud), por sobre –o al margen de– mínimas consideraciones en el contexto político-social y cultural.
En un continente que, como el africano, registra una de las cotas más altas de miseria y desigualdad, donde la mortandad infantil roza los niveles del espanto, es un hecho –en apariencia paradojal– que la pintura más cotizada y recomendada para hacer "inversiones" resulte la de los surrealistas Roberto Matta y Wifredo Lam y, asimismo, la de Frida Kahlo de Rivera… Por el momento ningún poeta cotiza en bolsa, y es apenas reeditado. Curiosamente, Enrique Molina, César Moro o Aimé Césaire no tienen émulos. Por lo demás, la de los tiempos del supuesto "fin de los grandes discursos" es una poesía abstracta, una flor del aire. Pero por una de esas maravillas de la "universalidad" de la imagen, por su particular situación en el Mercado del Arte, por el pathos actual o por lo que fuere, la pintura hoy –y en especial la pintura surrealista– es una cantera. Cualquiera sea la opinión que se pueda tener sobre la conveniencia o no de "montar una exposición", desde este momento es imposible hacerlo obviando este dato. Lo decimos porque ni se menciona, y se diría que sólo se trata de "colgar cuadros".
Desde luego, por poco que "el viento de la calle" o las "condiciones de la vida" tengan el poder de agitar nuestra existencia, nuestros pensamientos, nuestros actos, no es posible hacer caso omiso de las condiciones materiales que subyacen cada vez que se invocan las imágenes del deseo. En efecto, estas no son preexistentes a la cultura y la sociedad en que se manifiestan. Pero si hay un deseo ("será justo reconocer que nos ha sido dada una libertad suma": André Breton) no cabe duda de que es al precio de una ruptura y, con mucha mayor razón, de una victoria –por pequeña que ésta fuera– que obtuviésemos por sobre los miserables designios generales de la sociedad: nunca a través de gestos conciliadores o complacientes.
¿Conservan todavía las exposiciones surrealistas esa dignidad que antaño se les reconocía, como la de suscitar una faceta de "baile de los malditos" (por la de Londres de 1937 –la que, por cierto, se había dado en un contexto de huelgas generales en Francia, "sin precedentes", y en pleno auge de la revolución española)? ¿Se aprecian hoy los mismos rostros que aquellos que se reflejaban en las vitrinas en la exposición de L'Écart absolu, que reproduce el nº 1 de "L'Archibras", en París, en abril de 1967? Las comparaciones lastiman, y miden la distancia de todo aquello que hemos perdido a lo largo de la historia. Y muestran también, como para que pongamos atención en ello, la situación actual de los Vasos Comunicantes, su relación entre lo social y lo cultural, entre lo individual y lo colectivo.
Habíamos tenido oportunidad de conocer los contenidos de "El falso espejo", de nuestros amigos del Grupo Surrealista de Madrid y, en un primer momento, lo confesamos, no sin una cierta perplejidad o desconcierto. Al igual que algunos otros, que han llegado a leerlo últimamente o que le han cuestionado sin siquiera haberlo leído, nos había parecido que esta desconfianza radical, depositada por ellos en el uso actual de la imagen, podía estar en contradicción con la idea que nosotros nos hacíamos de esta misma "libertad suma", de la omnipotencia del deseo. Como si, en este terreno, un mínimo gesto de desconfianza pudiese transformarse en una suerte de "profecía autocumplida", tal como ocurre frecuentemente en los panoramas más sombríos de la Ciencia-Ficción. Nada, salvo una lobotomía, podría alienar en el hombre, de un modo durable o definitivo, su capacidad potencial de libertad.
Pero no se trataba de esto por supuesto. Y es lamentable que no se quisiese ver, que no se haya podido reconocer todavía, en el texto de Madrid, la grave advertencia de que es portador, su sentido profundo. Pues, ¿en qué condiciones quedan reducidos la "obra de arte" y los "artistas" en un mundo saturado por las "mercancías", e invadido por los "productores" y los "consumidores"? ¿Qué clase de rol subversivo aún podría jugar el surrealismo, y de qué manera le sería posible evitar su cooptación definitiva por este sistema de "valores"? Creemos, con los amigos del Grupo de Madrid, que no ha de ser por una regresión a los ideales artísticos del Renacimiento, ni por su inspiración en las nebulosas concepciones de la academia neo-platónica, ni por la promoción del artista a la categoría de semi-dios o manteniéndolo en las dependencias de la servidumbre de un moderno Mecenas… ¡No, no es así como se producirá el milagro!
Para nosotros la cuestión técnica de la producción de la imagen, de su ingeniería óptica en el marco de un materialismo poético (¿es que podría tratarse de algo más o de algo distinto?), es un problema a abordar de una extremada gravedad, una tarea que el surrealismo sin duda proseguirá, que no es ocioso que se plantee –pero que nunca debería realizarse "en abstracto". Otro problema, no menos urgente –pero a resolver cada uno de ellos en el terreno que le corresponde– es de índole político-social y cultural: si el sistema reclama para su supervivencia en sus infinitos tropismos y adaptaciones, para esclavizar al hombre sirviéndose de ellos, de unos instrumentos que antaño servían a los fines de la libertad, se debe buscar por todos los medios terminar con este sistema –y no, por ventura, apelando en este proceso a unas "fórmulas mágicas". ¿Cómo podría hacérselo desde la imagen exclusivamente, y, por otra parte, cómo el sistema podría ser derrotado sin ver seriamente afectada su arquitectura superestructural, o sin verse afectado? (1)
Cuando vemos a los discursos girar en el vacío, cuando observamos los "azul como una naranja" eluardianos multiplicándose hasta la estratósfera, las imágenes de clisé prolijamente ordenadas en hileras interminables, esto no debe llevarnos a la confusión o a embelesarnos estúpidamente: qué duda cabe que nos encontramos en presencia de un infra-realismo fantasmal. Hijas de su propia precariedad o hijas del cálculo (porque también hay notorios falsificadores, como ya lo habíamos denunciado oportunamente) estas "producciones" reflejan –por lo menos– una falta de contacto con la realidad. –Y en hartas ocasiones, su defección pura y simple. (2) Lo mismo sucede con el pretendido apoliticismo (que, como tantas veces se ha dicho, sólo ha podido servir para enmascarar las peores servidumbres), el antimaterialismo y la ausencia total de espíritu crítico. Pero nunca creímos, sinceramente, ver llegado el día en que surrealistas tildaran a otros surrealistas de "autoritarios", porque cuestionasen unos procedimientos que históricamente ningún surrealista dudaría en calificar como objetables, tales como por ejemplo los de asumir descarados compromisos con el Estado (3). Apelación que nos ha parecido por demás infeliz y desorbitada, y, probablemente, el fruto de esa desesperación conceptual que cobra víctimas a cada instante, que ya no puede dar cuenta ni de sus propias contradicciones , ni de sus más endebles "pactos de amistad o de comparecencia", o justificar sus más groseras torpezas.
Ahora bien, las peripecias de la imagen también juegan su baza aquí, por más que se nos diga que vivimos en los tiempos de la "flexibilización" y el escamoteo ritual y sostenido. Por más que todo alarde de comportamiento ético sea motejado de "inactual" o mancillado de "autoritario", "brutal" o "excesivo". Ni "Papas" ni "autoritarios", pues sería imposible hablar de una "Exposición Surrealista" –o del surrealismo en cualquier sentido–, si se llevara a cabo en compañía de:
Un policía, unos cuantos vividores, dos o tres alcahuetes de la literatura, muchos desequilibrados, un cretino, a quienes bien pueden unirse, sin que quepa formular objeción alguna, un reducido número de seres sensatos, duros y probos, que calificaremos de energúmenos…, ¿no son estos los tipos adecuados para formar un equipo divertido, inofensivo, fiel reflejo de la realidad de la vida, un equipo de destajistas, a tanto la línea? MERDE.
–André Breton, Segundo Manifiesto del Surrealismo.
Está bien que se les desenmascare, que esto también contribuye grandemente al descrédito de nuestras exposiciones. ¿Y quién lo hará? En la hora actual, debido a la dispersión mundial del surrealismo, debido al hecho de que no existe una mediación posible capaz de arbitrar o erigirse en el Centro mismo del Movimiento, todos y cada uno –individuos y grupos– deberían ser capaces de responder al llamado de su responsabilidad.
GRUPO SURREALISTA DEL RIO DE LA PLATA
Mariela ARZADUN, Celia GOURINSKY, Mónica MARCHESKY, Juan Carlos OTAÑO, Leandro RAMÍREZ, Ñancu RUPAY.
Buenos Aires / Montevideo
enero, 2007
(1) Nunca es redundante o perjudicial volver sobre las bases, volver a recordar lo que nos une, lo que nos convoca como grupo, en definitiva lo que nos duele como hombres ante el mundo, ante el descaro de su impunidad. Por algo nos llamamos surrealistas. No contribuyamos al vaciamiento del contenido ideológico propio de esta época. No contribuyamos a la trampa de deshistorizar y quitarle el peso político a nuestros actos. Contextualicemos los gestos, el sentido de los mismos surgirá de la tensión entre lo que hagamos público y lo que vivamos hacia dentro con nuestros sueños, deseos y hallazgos. La imagen que surja de lo que vivimos ante la realidad formal que nos abruma.
(2) Afirmar, como lo hace Stephen Clark, en "The Wineglass No Longer", que "en el lenguaje del surrealismo, la apreciación de lo sagrado y lo profano tienden a ser lo mismo" ["in the lenguage of Surrealism, the values of sacred and profane tend to do the same"], equivale a otorgar a lo "sagrado", al mismo tiempo que a lo "profano", un mismo status de autenticidad: supone que se trata de valores intrínsecamente inherentes a la condición humana. Se invita a ver en ello una "transgresión de lo habitual" ["transgression of the habitual"] y un rasgo de "iconoclastia" ["iconoclasm"], a la vez que una demostración de las "posibilidades imaginativas" ["imagiative possibility"]… Pero nosotros sostenemos que esta oposición forzada entre lo "sagrado" y lo "profano" sólo podría abogar en favor de un relativismo formal y en un rescate integral de nociones que son perfectamente extrañas al lenguaje surrealista. Cuando Péret redactaba un diario automático de sus experiencias sexuales, creemos que no pensaba que se estaba librando a actividades profanas; Leiris no creía, como Tutmosis al pie de la Esfinge, que sus sueños anotados en "Afrique Fantôme" tuviesen la más mínima conexión con lo sagrado. Y no se trata solamente de una cuestión de juegos de palabras…
Ni sagrada ni profana, la experiencia surrealista participa de lo humano en su totalidad, no pertenece al dominio de los valores conservadores disfrazados de valores revolucionarios, ni pacta jamás con el espíritu de indiferenciación, que parece ser una de las marcas predominantes de nuestra época.
(3) La carta que el Grupo de Madrid enviara al Grupo de París ("Desbrozar el camino"), en relación con el "affaire Derrame", al menos por lo que nosotros pudimos saber ni siquiera fue contestada. Hasta el antipático Sr. Lechuga, compadre del empresario Cecil Touchon, responsable de la multinacional Massurrealismo, del Museo del Collage y de otros deplorables emprendimientos, ¡hasta él tuvo el coraje de reaccionar para defender su "tiendita de los horrores"! Pero nunca lo hizo París.
En un continente que, como el africano, registra una de las cotas más altas de miseria y desigualdad, donde la mortandad infantil roza los niveles del espanto, es un hecho –en apariencia paradojal– que la pintura más cotizada y recomendada para hacer "inversiones" resulte la de los surrealistas Roberto Matta y Wifredo Lam y, asimismo, la de Frida Kahlo de Rivera… Por el momento ningún poeta cotiza en bolsa, y es apenas reeditado. Curiosamente, Enrique Molina, César Moro o Aimé Césaire no tienen émulos. Por lo demás, la de los tiempos del supuesto "fin de los grandes discursos" es una poesía abstracta, una flor del aire. Pero por una de esas maravillas de la "universalidad" de la imagen, por su particular situación en el Mercado del Arte, por el pathos actual o por lo que fuere, la pintura hoy –y en especial la pintura surrealista– es una cantera. Cualquiera sea la opinión que se pueda tener sobre la conveniencia o no de "montar una exposición", desde este momento es imposible hacerlo obviando este dato. Lo decimos porque ni se menciona, y se diría que sólo se trata de "colgar cuadros".
Desde luego, por poco que "el viento de la calle" o las "condiciones de la vida" tengan el poder de agitar nuestra existencia, nuestros pensamientos, nuestros actos, no es posible hacer caso omiso de las condiciones materiales que subyacen cada vez que se invocan las imágenes del deseo. En efecto, estas no son preexistentes a la cultura y la sociedad en que se manifiestan. Pero si hay un deseo ("será justo reconocer que nos ha sido dada una libertad suma": André Breton) no cabe duda de que es al precio de una ruptura y, con mucha mayor razón, de una victoria –por pequeña que ésta fuera– que obtuviésemos por sobre los miserables designios generales de la sociedad: nunca a través de gestos conciliadores o complacientes.
¿Conservan todavía las exposiciones surrealistas esa dignidad que antaño se les reconocía, como la de suscitar una faceta de "baile de los malditos" (por la de Londres de 1937 –la que, por cierto, se había dado en un contexto de huelgas generales en Francia, "sin precedentes", y en pleno auge de la revolución española)? ¿Se aprecian hoy los mismos rostros que aquellos que se reflejaban en las vitrinas en la exposición de L'Écart absolu, que reproduce el nº 1 de "L'Archibras", en París, en abril de 1967? Las comparaciones lastiman, y miden la distancia de todo aquello que hemos perdido a lo largo de la historia. Y muestran también, como para que pongamos atención en ello, la situación actual de los Vasos Comunicantes, su relación entre lo social y lo cultural, entre lo individual y lo colectivo.
Habíamos tenido oportunidad de conocer los contenidos de "El falso espejo", de nuestros amigos del Grupo Surrealista de Madrid y, en un primer momento, lo confesamos, no sin una cierta perplejidad o desconcierto. Al igual que algunos otros, que han llegado a leerlo últimamente o que le han cuestionado sin siquiera haberlo leído, nos había parecido que esta desconfianza radical, depositada por ellos en el uso actual de la imagen, podía estar en contradicción con la idea que nosotros nos hacíamos de esta misma "libertad suma", de la omnipotencia del deseo. Como si, en este terreno, un mínimo gesto de desconfianza pudiese transformarse en una suerte de "profecía autocumplida", tal como ocurre frecuentemente en los panoramas más sombríos de la Ciencia-Ficción. Nada, salvo una lobotomía, podría alienar en el hombre, de un modo durable o definitivo, su capacidad potencial de libertad.
Pero no se trataba de esto por supuesto. Y es lamentable que no se quisiese ver, que no se haya podido reconocer todavía, en el texto de Madrid, la grave advertencia de que es portador, su sentido profundo. Pues, ¿en qué condiciones quedan reducidos la "obra de arte" y los "artistas" en un mundo saturado por las "mercancías", e invadido por los "productores" y los "consumidores"? ¿Qué clase de rol subversivo aún podría jugar el surrealismo, y de qué manera le sería posible evitar su cooptación definitiva por este sistema de "valores"? Creemos, con los amigos del Grupo de Madrid, que no ha de ser por una regresión a los ideales artísticos del Renacimiento, ni por su inspiración en las nebulosas concepciones de la academia neo-platónica, ni por la promoción del artista a la categoría de semi-dios o manteniéndolo en las dependencias de la servidumbre de un moderno Mecenas… ¡No, no es así como se producirá el milagro!
Para nosotros la cuestión técnica de la producción de la imagen, de su ingeniería óptica en el marco de un materialismo poético (¿es que podría tratarse de algo más o de algo distinto?), es un problema a abordar de una extremada gravedad, una tarea que el surrealismo sin duda proseguirá, que no es ocioso que se plantee –pero que nunca debería realizarse "en abstracto". Otro problema, no menos urgente –pero a resolver cada uno de ellos en el terreno que le corresponde– es de índole político-social y cultural: si el sistema reclama para su supervivencia en sus infinitos tropismos y adaptaciones, para esclavizar al hombre sirviéndose de ellos, de unos instrumentos que antaño servían a los fines de la libertad, se debe buscar por todos los medios terminar con este sistema –y no, por ventura, apelando en este proceso a unas "fórmulas mágicas". ¿Cómo podría hacérselo desde la imagen exclusivamente, y, por otra parte, cómo el sistema podría ser derrotado sin ver seriamente afectada su arquitectura superestructural, o sin verse afectado? (1)
Cuando vemos a los discursos girar en el vacío, cuando observamos los "azul como una naranja" eluardianos multiplicándose hasta la estratósfera, las imágenes de clisé prolijamente ordenadas en hileras interminables, esto no debe llevarnos a la confusión o a embelesarnos estúpidamente: qué duda cabe que nos encontramos en presencia de un infra-realismo fantasmal. Hijas de su propia precariedad o hijas del cálculo (porque también hay notorios falsificadores, como ya lo habíamos denunciado oportunamente) estas "producciones" reflejan –por lo menos– una falta de contacto con la realidad. –Y en hartas ocasiones, su defección pura y simple. (2) Lo mismo sucede con el pretendido apoliticismo (que, como tantas veces se ha dicho, sólo ha podido servir para enmascarar las peores servidumbres), el antimaterialismo y la ausencia total de espíritu crítico. Pero nunca creímos, sinceramente, ver llegado el día en que surrealistas tildaran a otros surrealistas de "autoritarios", porque cuestionasen unos procedimientos que históricamente ningún surrealista dudaría en calificar como objetables, tales como por ejemplo los de asumir descarados compromisos con el Estado (3). Apelación que nos ha parecido por demás infeliz y desorbitada, y, probablemente, el fruto de esa desesperación conceptual que cobra víctimas a cada instante, que ya no puede dar cuenta ni de sus propias contradicciones , ni de sus más endebles "pactos de amistad o de comparecencia", o justificar sus más groseras torpezas.
Ahora bien, las peripecias de la imagen también juegan su baza aquí, por más que se nos diga que vivimos en los tiempos de la "flexibilización" y el escamoteo ritual y sostenido. Por más que todo alarde de comportamiento ético sea motejado de "inactual" o mancillado de "autoritario", "brutal" o "excesivo". Ni "Papas" ni "autoritarios", pues sería imposible hablar de una "Exposición Surrealista" –o del surrealismo en cualquier sentido–, si se llevara a cabo en compañía de:
Un policía, unos cuantos vividores, dos o tres alcahuetes de la literatura, muchos desequilibrados, un cretino, a quienes bien pueden unirse, sin que quepa formular objeción alguna, un reducido número de seres sensatos, duros y probos, que calificaremos de energúmenos…, ¿no son estos los tipos adecuados para formar un equipo divertido, inofensivo, fiel reflejo de la realidad de la vida, un equipo de destajistas, a tanto la línea? MERDE.
–André Breton, Segundo Manifiesto del Surrealismo.
Está bien que se les desenmascare, que esto también contribuye grandemente al descrédito de nuestras exposiciones. ¿Y quién lo hará? En la hora actual, debido a la dispersión mundial del surrealismo, debido al hecho de que no existe una mediación posible capaz de arbitrar o erigirse en el Centro mismo del Movimiento, todos y cada uno –individuos y grupos– deberían ser capaces de responder al llamado de su responsabilidad.
GRUPO SURREALISTA DEL RIO DE LA PLATA
Mariela ARZADUN, Celia GOURINSKY, Mónica MARCHESKY, Juan Carlos OTAÑO, Leandro RAMÍREZ, Ñancu RUPAY.
Buenos Aires / Montevideo
enero, 2007
(1) Nunca es redundante o perjudicial volver sobre las bases, volver a recordar lo que nos une, lo que nos convoca como grupo, en definitiva lo que nos duele como hombres ante el mundo, ante el descaro de su impunidad. Por algo nos llamamos surrealistas. No contribuyamos al vaciamiento del contenido ideológico propio de esta época. No contribuyamos a la trampa de deshistorizar y quitarle el peso político a nuestros actos. Contextualicemos los gestos, el sentido de los mismos surgirá de la tensión entre lo que hagamos público y lo que vivamos hacia dentro con nuestros sueños, deseos y hallazgos. La imagen que surja de lo que vivimos ante la realidad formal que nos abruma.
(2) Afirmar, como lo hace Stephen Clark, en "The Wineglass No Longer", que "en el lenguaje del surrealismo, la apreciación de lo sagrado y lo profano tienden a ser lo mismo" ["in the lenguage of Surrealism, the values of sacred and profane tend to do the same"], equivale a otorgar a lo "sagrado", al mismo tiempo que a lo "profano", un mismo status de autenticidad: supone que se trata de valores intrínsecamente inherentes a la condición humana. Se invita a ver en ello una "transgresión de lo habitual" ["transgression of the habitual"] y un rasgo de "iconoclastia" ["iconoclasm"], a la vez que una demostración de las "posibilidades imaginativas" ["imagiative possibility"]… Pero nosotros sostenemos que esta oposición forzada entre lo "sagrado" y lo "profano" sólo podría abogar en favor de un relativismo formal y en un rescate integral de nociones que son perfectamente extrañas al lenguaje surrealista. Cuando Péret redactaba un diario automático de sus experiencias sexuales, creemos que no pensaba que se estaba librando a actividades profanas; Leiris no creía, como Tutmosis al pie de la Esfinge, que sus sueños anotados en "Afrique Fantôme" tuviesen la más mínima conexión con lo sagrado. Y no se trata solamente de una cuestión de juegos de palabras…
Ni sagrada ni profana, la experiencia surrealista participa de lo humano en su totalidad, no pertenece al dominio de los valores conservadores disfrazados de valores revolucionarios, ni pacta jamás con el espíritu de indiferenciación, que parece ser una de las marcas predominantes de nuestra época.
(3) La carta que el Grupo de Madrid enviara al Grupo de París ("Desbrozar el camino"), en relación con el "affaire Derrame", al menos por lo que nosotros pudimos saber ni siquiera fue contestada. Hasta el antipático Sr. Lechuga, compadre del empresario Cecil Touchon, responsable de la multinacional Massurrealismo, del Museo del Collage y de otros deplorables emprendimientos, ¡hasta él tuvo el coraje de reaccionar para defender su "tiendita de los horrores"! Pero nunca lo hizo París.