Todo anunciaba que los dedos, arrastrados por desiertos supuestamente intactos, terminarían tropezando con agujeros creados en la arena, por las bocas arrojadas como piedras. Si usted levanta cualquiera de ellas y la abre delicadamente, podría solucionar al menos una incógnita pasajera, de esas que toman un día entero por asalto. El Grupo Surrealista del Río de la Plata fue encontrado por arqueólogos que viven abajo del desierto. La cuestión es: ¿dónde arrebatar algunos minutos que se acerquen a ese cuerpo que no termina donde los pies pueden hundirse? Se sugiere subir de cualquier manera a los techos de las viviendas y anotar con precisión en qué otras arquitecturas podríamos pasar una mañana. Y desde allí considerar que el derrumbe generalizado de una higiene policial defendida estupidamente por años, generó objetos de decandencia muy curiosos. Entonces el grupo no sólo se negó a completar hipótesis sobre un posible entierro prematuro del surrealismo, sino que llevó a los arqueólogos tras la pista de esas estatuas y esos sudarios cagados por los ángeles de un populismo rancio como el detergente que se bebe por las mañanas. Felizmente para el estudio de estas evidencias terribles, todos los portafolios que pasean a diario, por ejemplo, en Buenos Aires, llevan unas alas o unos pies de ángel inscriptos. Están repletos de figuras de niños que comen imágenes en su interior. Y estos altares portátiles se colocan cuidadosamente sobre el retrato de cualquier representante montado sobre otro, disfrazados de gauchos. Las imágenes admiradas en estos casos beben también el detergente y el rezo cotidianos. Pero esto sucede tranquilamente, mientras en la arena del desierto agujereado tiembla una inquietud que alarga la lista de preguntas y mira al "Arte" colgado como un repasador recién lavado, junto a los pantalones y los manteles embarrados en la víspera.
Ha sido dictado un concenso, que pretende obstaculizar cierto misterio ejercido inconcientemente en contra de las voces normalizadoras. Y nosotros lo sabemos: el elemento que nos interesa podría adoptar la forma de un pensamiento que "llueve" y no puede beberse de una sola vez. Esto resultaría inconveniente para una sociedad que intenta perpetuarse alimentándose de sus propias excrecencias. Es esperable, que desde cualquier lugar, se sigan dictando "opiniones públicas" hostiles y xenofóbicas para intentar sofocar cualquier transformación en el campo de las ideas de la carne y la carne de las ideas. Y se nos ocurre que no sólo podemos apelar a cierta "resistencia" frente a este motor de violencias internacionales y folklóricas. Es necesaria, y desde hace un tiempo es real, una agitación vertebral de nuestra imaginación que acelere las preguntas y saquee ahora todas las puertas que nacen.
Por ello, pensamos organizar una fiesta en la que la arcilla sea convocada, en la que se refuercen los cartílagos de la voz para derretir el humo que inmoviliza. Un grupo en el que se materialicen los disparos, la transformación de las arenas en cucharas, el lenguaje abra sus canillas.
Satisfacer el impulso de las ollas oxidadas en los ojos al masticar las semillas que son frescas.
Leandro Ramírez
Mariela Arzadun