lunes, julio 31, 2006

La ausente - Mariela Arzadun

Cuando conocí a la señora Bizancio, entre bostezo y bostezo, observando detenidamente las flores rojas, que adornaban el jardín encerrado entre brillantes cristales, agudicé mi mirada para protegerme de lo que vendría. Mujer con carácter atiné a pensar, por no decir lo que realmente pensaba.
Me acomodé en el aterciopelado sillón verde musgo, que participaba de la pequeña sala en la que estábamos colocadas, encendí un cigarrillo, palpé las imperceptibles arrugas de mi larga falda, y me dejé llevar por ese mar puntilloso de palabras punzantes, que me esperaban del otro lado de la playa. Iba en busca de mis primeras impresiones. Siempre me habían atraído las personalidades insolentes y altaneras, debido al aire teatral que percibía en ese ir y venir de gestos, que creía, acompañaban todo discurso serio e importante.
Además las quejas no iban dirigidas hacia mí, sino hacia la mujer que se encargaba de mantener la casa siempre limpia y presentable. Yo solamente miraba la escena, como una insensible oyente con aire de comediante, a la que le agradaban los enfrentamientos inútiles, por su parecer siempre trágico y trascendente.
La casa presentaba sus atractivos. Enseguida supe que podríamos entendernos al chocar mis caprichos con las pequeñas dosis de orgullo y exuberancia que ya aportaba la escena. Al pisar aquellos alfombrados suaves y limpios, dejé vagar mi imaginación hasta hallar la imagen de la que sería mi próxima pintura. Ese era mi método. Hacía cinco años que me dedicaba a recrear ambientes. Encontraba en ese lujo, el placer de parecer útil cuando en realidad, estaba realizando la más inútil de las tareas que el espíritu se ensaña en expulsar, cuando no tiene nada mejor que hacer.
La gente se había acostumbrado al cambio continuo. Ahora deseaba vivir en espacios nuevos todos los meses. Pedía que les inventara lugares cada vez más exóticos y raros. Y entre los amigos se llevaban a cabo las más interesantes competencias. Contrataban a los mejores fotógrafos para guardar sus caprichos, e ir comparando la diversidad de estilos y tendencias según la temporada. El brillo los seducía con su aire de superioridad. Y cuando se dibujaba en su rostro la mueca del desdén propio de la amante despechada, podían incluso hasta morir, si no eran besados por esos labios de terror vestido de gala. Le rendían los mayores honores a la exuberancia de las formas. Encontraban en ello el manto frugal que los protegería del fatal anonimato.
No presté atención a las indicaciones de la dueña de casa. Siempre en desacuerdo consigo mismas, piden lo que no quieren que una haga. Nunca están conformes con lo que piensan o, mejor dicho, con lo que creen que piensan y si uno pone todo su empeño en reproducir lo que piden, terminará no sólo cometiendo un asesinato con la idea ajena si no además, terminará suicidando la propia. Así que mientras componía su monólogo subyugante, me dediqué a observar detenidamente, aquel salón en el que estábamos cómodamente sentadas. Parecía recién pintado y florecía en una luminosidad especial, que le daba un aspecto particularmente calmo e inmóvil, como de otro tiempo. Grandes plantas caían indecorosas por los ordenados estantes cubiertos de libros, que tapizaban toda una pared. Me detuve en los libros de pintura. Y centré mi atención en aquellos autores y títulos desconocidos para mí. Por cierto, eran muchos.
La mujer seguía apilando palabras en forma de pirámide con lo cual razoné, terminaría su idea y me vería perturbada por un oscuro silencio, abierto a las divagaciones de mi espíritu. Supe simular un rostro atento frente a la conversación que la mujer pretendía esmaltar con oro y perlas, pero que a mis oídos caía como un pájaro muerto debido a una enfermedad pasada de moda.
Había en un rincón apartado de la luz, un instrumento de cuerdas, que no recuerdo el nombre, pero que la señora Bizancio dijo haber traído de Marruecos, al haber encontrado el avioncito ganador en un paquete de yerba.
Terminada la presentación oficial, realicé una serie de anotaciones en mi libreta mientras le acercaba con una suave sonrisa, mi radiante tarjeta de letras escarlatas sobre un fondo azul pálido. Y finalmente me fui con un ceremonioso movimiento de cabeza, previamente elegido para estas ocasiones.
Recibí el llamado de la dueña de casa luego de dos días. Tiempo prudencial, que no manifiesta desesperación pero tampoco olvido. Acordamos que iría al día siguiente, portando ostentosos diseños generalmente imposibles de llevar a cabo, pero que el sólo hecho de presentarlos generaba en el otro, la impresión de que sabía realizar mi trabajo.
En la puerta de calle me choqué con el marido de la señora Bizancio. Me miró unos segundos antes de presentarse y pude percibir un brillo especial, dentro de la oscuridad que envolvía sus grandes ojos. Con un movimiento suave de manos se retiró rápidamente pues, se disculpó, llegaría tarde a su trabajo. Marcos era un hombre de unos cincuenta años, algo más joven que su mujer y abogado de renombre. No sólo había sido conocido por su eficaz labor en el fértil terreno de las leyes, sino que además, había tenido la sucia desgracia de verse involucrado en algunos negocios de la noche, no muy bien vistos por la sociedad del momento. Pero ahora, todo había sido olvidado y había podido volver a ser un hombre respetable y orgulloso de su buen nombre.
La señora Bizancio me esperaba en el jardín con un delicioso té de hierbas. Lucía sonriente y recién perfumada. Había recogido con dedicación sus largos cabellos sobre la nuca, dejando a la vista un estirado rostro algo bronceado. Al verme tan pálida quiso recomendarme unas cremas bronceadoras, que unos conocidos amigos habían podido rescatar de la aduana, y que a ella le habían dado muy buenos resultados.
Estuvo conforme con mis diseños. Después de haberme contado acerca de la enfermedad de su madre, de lo terrible que era tener una hija adolescente y de describirme detalladamente el aburrimiento que le generaba estar todo el día sola, encargada de los hijos y de la casa, dejó todo en mis manos. Me aseguró que confiaba en mi buen gusto.
Yo mientras ella apilaba sus padecimientos, me había detenido a mirar una escultura tallada en roble que había al lado de una espléndida rosa china de color naranja, que adornaba el lado este del jardín. Después supe por el jardinero, que aquella talla había sido el regalo de bodas del abuelo de Marcos. Él era escultor y les había terminado la obra justo antes de morir. Un paro cardíaco le había impedido concurrir a la ceremonia religiosa. Pero la familia quiso que en su lugar, la escultura estuviera presente y por ello la habían colocado en al atrio de la iglesia, frente a los novios y al lado del cura que los uniría en el santo matrimonio.
El día estaba espléndido. Un cielo de luz celestial, salpicado con un barniz blanco de sombríos bordes, acompañaba mis pasos por el pasto recién cortado y humedecido por el rocío de la noche. No esperaba que otra imagen me asaltara en ese momento. Parecía ser que algo se había pulsado adentro mío en ese momento. Como si un lazo negro hubiese estrangulado mis nervios, hasta conmoverlos de un modo desconocido para mí. Evidentemente nada bueno había ocurrido. Sin embargo, amarillas gotas de sudor aparecían en mis manos cuando el sol lograba imponerse entre las orgullosas nubes de aquel autoritario y fantástico retrato.
La décima campanada de un antiguo reloj, de extraños números romanos, comprado hacía algunos años en una subasta, me arrancó de las cavilaciones en las que me veía sumergida. Lo cual despertó en mí la necesidad, el impulso febril, de sacudir fuertemente los cabellos de la dueña de casa, hasta despeinarla. Pero me contuve y sólo atiné a pedirle un poco más de ese sabroso té verde. Crucé suavemente las piernas, acomodé cuidadosamente las esclavas de plata que sostenían mi muñeca y luego de un largo suspiro reconfortante, me dispuse a explicar los próximos movimientos, que pensaba llevar a cabo dentro de aquella casa, de esbeltas puertas y filosas ventanas.
Quería interesar a mi auditorio con un escenario provocativo. Nada vulgar. Tampoco cubierto de ornamentos sin sentido. No buscaba conmoverlos, pues odiaba el llanto de quienes se sienten vivos sólo cuando logran derramar unas cuantas lágrimas. Quería pasión, sí, quería apasionarlos. No pretendía arrancarles de sus almas el instinto de guerra. No entendía a la pasión como un instrumento que sirviera para que los hombres vomitaran sus verdades más profundas. Veía en la pasión ese condimento que también ilumina a la verdad. Veía el fuego consumiendo al cartílago, que sólo se conforma con las vísceras o con los excrementos. Veía el rojo aire que se hunde en lo poco que tenemos de nosotros mismos.
No sabía cómo llegar al efecto preciso en un mundo de pieles resecas por los medicamentos y los fármacos sin savia.
Nadie se asombró cuando descubrió los largos cabellos de Eugenia sosteniendo la lámpara del pequeño vestíbulo color sangre.

lunes, julio 24, 2006

Calor violento - Mariela Arzadun

Cautelosamente le había colocado alrededor del cuello, una triste bufanda a cuadros ocres y verdes en distintas tonalidades. La tarde se había repuesto del miedo. Asombrada por los rayos de un violento sol invernal que presumía su subsistencia nutricia. Y Sofía se agarraba las manos hasta estrangularlas en un giro de calor viril y somnoliento. Nadie en la vereda que dejaba ver sus secretos levantando los párpados al paseante orgulloso y seguro de sí mismo. Nadie barriendo las caricias indiferentes de las ramas a los solitarios árboles que acompañaban la escena.
Separarnos. Había sido una decisión inconsistente, dolorosa, esperada. Me mordía los nudillos mientras lo miraba caminar ahora sin ruido, sin mirada, sin calambres en la boca. Había sido un acto solidario con el ayer. Ese ayer acuoso en sus vivencias de asombro y frías confusiones. Un ayer tan cercano en su inmovilidad de cuadro barnizado. Y tan lejano en sensaciones fuertes y estimulantes. Pero había sido en definitiva un gesto de compromiso con el presente. Tan blanco, tan peligroso y seguro de existir.
Me reí, me reí mucho durante un largo rato burbujeante en su novedad. Al llegar a mi casa lo primero que sentí fue el aroma a té de canela. Cuando apoyé la taza sobre la mesa escuché un fuerte ruido en la biblioteca. La estantería de libros de poesía se había caído completamente sobre una pequeña mesita de cedro torneado, derramando el florero que me había regalado mi padre hacía algunos años, luego de haberse divorciado de su mujer.
Algunos libros habían sufrido el golpe de suerte. Empapados como estaban, empecé a leer uno de ellos: “...su cola enroscada todavía, brillaba en la oscura recámara de aquella cueva decorada con pinturas de cuerpos desnudos, llenos de cicatrices. La marca de la lujuria en los ojos hinchados denunciaba el origen de esos cánticos. La inconclusa ceremonia de cabellos cobrizos y negros levantaba sus labios a los dioses. Las manos unidas en un grito de guerra para enfrentar al malvado de horribles premoniciones. El cuchillo en alto de la duda castigaba a los más decididos en sus súplicas. Todos estaban preparados para morir. El de gestos más elocuentes y mirada serena había establecido la hora indicada. El silencio se estaba imponiendo sobre la multitud hipnotizada...”
No pude seguir leyendo porque una desgraciada gota había borrado definitivamente, el desarrollo posterior de la escena. Me acordé del humeante té al ver los vidrios de la ventana empañados y dejé el libro a secar sobre la estufa. No pude evitar escribir con el dedo algunas frases al pasar: “semántica – mente incorrecta, se sienta, se fuma, se esconde, revienta, mecánica – mente.” Me detuve unos momentos a contemplar la frase. El sentido se arremolinaba como el aroma a canela que engatusaba toda la habitación. Trepaba por las plantas, tironeaba hacia arriba y hacia abajo, como queriendo apoderarse del aire y asfixiarlo en un mordisco suave y corto. El teléfono me sacó de mis cavilaciones. Casi derramo la taza del susto. Hay instantes que perduran en su futilidad de residuo decoroso. Y de repente, sin aviso, cae el deshonroso tiempo dejándonos la garganta seca y la mirada atónita de falsas supersticiones y sensaciones vanas. Yo contengo lo poco que creo hasta que me pinchan sin remedio. Y vuelvo a participar en la escena en la que vivo.
Pude sostener sin asco la conferencia a través del teléfono. No podía entender el número que algunas personas se empecinan en mantener a tono y en salud. (si es posible en esta época). Mi mensaje no había tenido el efecto buscado. Por ello debí esmerarme en explicaciones que yo creía innecesarias, y hacer de mí un ser insensible y tosco, para que mi interlocutor permaneciera conforme con su mundo. Y separado del mío. Algunos se acostumbran a vivir entre paredes sólidas y bien cocinadas y no pueden ver el cielo o la vereda, como fenómenos naturales y esperables. Tampoco pueden permitir el extraño llamado invisible del deseo. El curso sagrado de la fe.
Un malhumorado vecino canturreaba obscenos dictámenes hacia una desprevenida y senil oyente desdentada. Un suave y casi imperceptible polvo salitroso caía desde el techo de mi cocina, maquillando la pulcritud inservible de los utensilios y obsequios para el estómago. Un descarado agujero se sumergía por la lámpara hasta penetrar en el sitio opuesto a mi departamento. Producto del amor entre cónyuges, supuse yo por no afirmar el ojo por debajo de la ceja. Los recientes inquilinos se levantaban en armas sólo de noche. Parecía estar dominados por un furor enmascarador de situaciones reales y convincentes. Lograban al menos sentirse vivos un momento del día. Dejar correr la savia roja entre labios partidos y doloridas piernas azules, y ventanas cubiertas de hollín y sal gruesa. Todo sacudido en reproches elegidos por la costumbre y el desodorante de ambiente. Sacudidos por la ira o el poder. Sometidos al espectáculo entretejido de fatalidad y curioso raciocinio de vidriera.
Colores sólidos se presumían del otro lado del agujero ceniciento. Detalles de un saber corrupto en olores paganos y carnes frígidas en su calvicie. Difusos contornos de amaneceres criminales en su origen reiterado. Raptoras cadenas.
Sólo escuché palabras sueltas arrancadas al almanaque de lo inconcluso. Y me dispuse a limpiar aquel derroche de humanidad disecada por el hábito. El truco es poder defender lo poco que queda de esas ruinas.
El marco de unas fotos que tenía sobre una repisa se había manchado sin remedio. Carcomido como estaba intenté soplar el pegajoso aire que atrapaba aquel recuerdo. Pero mis dedos se llenaron de una sustancia blanca y sucia que hacía de relieve sobre mis huellas digitales. Quise lavarme rápidamente pero el jabón se mezclaba, y no lograba imponerse al caótico pigmento. Caminé hacia la ventana de agudos cristales derretidos a buscar una toalla en los elegantes y pulcros cortinados. Ya resolvería después qué hacer, con esas manchas poco hospitalarias para cualquier auditorio oculto pero con tajos en los ojos.
Me ardía fuertemente el estómago. Un vaso de agua no logró apaciguar la marca de furia con la que se me sublevaba el cuerpo. Los vecinos dejaron de gruñir sus fracasos. La dueña de casa dejó que la sangre empezara a correr por sus pezones. Mientras me limaba las uñas escuchaba el golpeteo de la ducha sobre sus cuerpos santificados en esmaltadas culpas y crudas represiones. Lo más humano que tenemos es simular no serlo. La cólera del fuerte esconde la vulnerabilidad del límite preciso. Del miedo. O la soberbia. Deberíamos rendirle culto a lo pequeño. La hormiga no seduce pero pica. El espejo distorsiona y le creemos.
Alguien tocó a la puerta de afilados marcos somnolientos. Era mi vecino de arriba. Preocupado por un olor extraño que, según él, sacudía a todo el edificio. Simulé una sonrisa tranquila y despejada. Y le dije que “estaría atenta” a cualquier movimiento sospechoso. Al decir esta última palabra, respiré hondo y pausadamente. Debía afinar la garganta para futuros rencores. Quiso entrar a mi departamento pero percibió el rechazo en mis gestos desvergonzados. Suelo ahuyentar a la gente con arte y esmero prolijo. A veces logro que se persigan con sus propios miedos y no digan nada. Los más fuertes me injurian mientras se dejan lamer el miembro erecto.
Prendí las luces del dormitorio porque estaba todo bajo las sombras. Pero explotó la lamparita sin temor a salpicarme con sus inmundas chispas. Intenté reponerla pero no hizo falta.
Al volver sobre mis pasos, el fuego ya estaba rompiendo la estufa entre hojas de un libro abierto en tinta escrita por fanáticos amantes y malevos deseos.

martes, julio 18, 2006

Los ojos de mi amigo - Mónica Marchesky


            “Poseído de espanto, emprendí finalmente la huida ante su impenetrable tiranía como ante una peste, y hasta el fin del mundo huí, huí siempre en vano”.

      Edgar Allan Poe.


      –Si muero primero– nos había dicho nuestro amigo a nosotros dos. –A vos– señalando al más viejo del trío, te tocarán mis orejas, y a vos –señalándome a mí– te tocarán mis ojos, para que pueda seguir por siempre junto a ustedes.

      –Está bien, está bien– le increpamos –ya basta, no tomes más...

      Pero nuestro amigo nos había hecho una doble broma, porque él sabía que iba a morir, nosotros no. Al cabo de unos meses falleció. Estuvimos en su entierro hasta que sólo nosotros dos quedamos en el silencio del cementerio. Entonces mi amigo, el más viejo, comenzó a escarbar como un enajenado la tierra que cedió sin resistencia a sus manos, dejando el féretro expuesto. Se tiró dentro del hoyo, abrió la tapa, sacó una afilada navaja y con decisión que yo no conocía, seccionó ambas orejas del cadáver, las colocó en una bolsa y me gritó desde el fondo.

      –¡Ahora te toca a vos!

      –¡No puedo!– le grité, cómo se te ocurre semejante disparate...

      –Debes hacerlo– me decía mientras trepaba por la tierra– sino te perseguirá toda la vida, es el destino, él lo quiso así.

      –¡No puedo! ¡No puedo!– volví a gritar retorciéndome entre mis instintos.

      El más viejo salió del hueco con su bolsa de orejas y se perdió rápidamente en la oscuridad y siguió gritándome hasta que no lo oí más.

      –¡Debes hacerlo, recuerda que te perseguirá toda la vida, es tu destino, no puedes huir, no puedes huir. Saqué fuerzas y bajé al foso a tratar de tapar el féretro, pero la tapa se atoró en una raíz, trepé hacia el exterior y comencé a tirar tierra, no podía dejar eso así, estaba muy mal.

      Una niebla cubrió en un segundo toda sombra existente, sólo dejó al descubierto las telas de araña en las ramas más bajas de los pinos y las huellas de las babosas sobre las lápidas. En esa zona el terreno era escabroso y tuve que arrastrarme para pasar entre las ramas que asieron mi garganta como si una garra del destino quisiera atraparme para cumplir la voluntad de mi amigo. Caminé hacia la dirección de la salida y me pareció que una sombra que no era la mía me acompañaba. Logré alcanzar la puerta y me tiré hacia la calle. Decidí que caminaría, había ensuciado mis ropas y zapatos. Serpenteé entre las calles y me detuve a cada instante. La sensación de persecución era tan fuerte que no podía casi respirar. Al llegar al centro de la ciudad disminuyó y pude sortear el poco tránsito de la noche y llegar a mi casa. Al subir las escaleras, volvió a estar junto a mí el aliento de mi amigo en mi nuca. Me metí en la ducha, y luego de un rato salí reanimado, pero al levantar la sábana para acostarme, huellas de manos, sucias, barrosas se confundían con pisadas que se perdían en la puerta. Quedé paralizado al ver que desde la almohada me vigilaban “los ojos de mi amigo”.

      Mónica Marchesky “Los mil y un insomnios”

      Mayo de 2006.

lunes, julio 17, 2006

Mónica Marchesky desde el Castillo Pittamiglio // 2

Querido Juan Carlos,

es verdad, se me olvidó comentarte los jugosos acontecimientos del Pittamiglio.
Una sala hermosa, muy acogedora, rodeada de una exposición de cuadros. Nos pusieron una tarima y una mesa recubierta con una mortaja negra. Yo, para romper el encanto me fui vestida de blanco puro y unos toques marrones.

Unos momentos antes había caído sobre Montevideo una tormenta de rayos y centellas que era de meter miedo a cualquiera, pero en el momento de la lectura parecía que estábamos en el ojo de la tormenta. Motivo por el cual pudimos hacer la recorrida en una semi-oscuridad entre los patios, escaleras y puertas que no conducen a ninguna parte.
Cuando llegamos al lugar que bauticé como el "ascensor interdimensional", me entero que no solo a mi se me reflejó esa idea, sino que a casi todos los presentes. Pero sucedió algo que antes no había percibido, la guía que se llama Cristina me dice :"Vos que sos la que va a leer cuentos de misterio, ponete en el medio, y hablá en voz alta para que todos oigamos lo que decís". Debo confesarte que tuvieron que empujarme hacia el centro, mientras veía las caras de los asustados concurrentes que se clavaban en mi. Me sentí un ajusticiado de la Edad Media a la espera de su sentencia, entonces hablé y dije: Hola a todos, estamos en este lugar para escuchar cuentos de misterio... y sentí en mi interior la caja de resonancias que me hervía en el pecho. Lo cierto es que es un curioso efecto en donde las palabras resuenan en tu caja, además de salir, es como si volvieran a entrar, nunca se escapan del todo...¿nunca se escapan del todo?

Empezó la lectura con un ritmo brutal, les leí en principio "Monarcas" que es un cuento breve y te lo envío porque tiene algunos detalles de mariposas...¿recuerdas cuando vi una mariposa negra que seguía mi camino mientra leía el libro de Celia? bueno de ese momento salió Monarcas.

Todo fue normal hasta que le pedí a un compañero que nos sacara una foto, resulta que la máquina se trabó, decididamente se le habían terminado la carga de la batería (léase pilas alcalinas), igual hubo alguien que sacó unas fotos y se la voy a pedir para pasártelas, tal vez veamos en el fondo sobre el espejo una sombra sonriente...
A esa altura ya estaba contrariada, porque no dejan sacar fotos en ningún lado, solamente nos permitieron en ese lugar y se me traba la máquina que por otro lado es nueva.

Estábamos llegando al final de la lectura, en los dos últimos cuentos y empieza a sonar un celular, todos se miran, revisan los bolsillos y carteras, y caemos en la cuenta de que es mi celular que estaba sonando el cual se encontraba en una silla de la primera fila mientras yo leía y el cual en mi torpeza había olvidado apagar (eso creo).
El condenado estuvo sonando por los siguientes 20 minutos y yo sin poder hacer nada. Cuando al fin se tranquiliza termina la lectura, nos levantamos y saludamos. Lo curioso es que cuando voy a ver quien era que me llamaba tan insistentemente no tenía ni una llamada perdida, ni un mensaje de texto, nada...¿que hubiera pasado si hubiera atendido la llamada?...
Pittamiglio jugó a las escondidas conmigo esa noche.

PD: me quedé con la frase ¿nunca se escapan del todo? que por otro lado se me representó la teoría de los agujeros negros en donde la luz no se escapa sino que siempre queda prisionera... bueno te dejo porque me voy en la máquina del tiempo a hablar un poco con Einstein acerca de los agujeros y sugerirle un anexo a la teoría de la luz prisionera.

Mónica

jueves, julio 13, 2006

Relato de sueños encontrados en la casa de las sinestesias - mARiela arZadUN -

Se levantó con su nariz ajustada al cinturón mientras intentaba manejar, de algún modo inexplicable, la silueta entre sus manos. Qué complejidad! Qué complejidad! Se repetía a sí mismo, en la oscura habitación de cortinados oblicuos. Sacudía la cabeza mostrando sus dientes sus hilos de arroz pintado enhebrado a sus palabras como ramos de lirios tramposos. Demoró demasiado en la protesta repentina de saberse despierto. Se dirigió al baño, respiró las baldozas de árbol caído colocadas despreocupadamente sobre las paredes, se miró al espejo y encontró una línea sobre su párpado que nunca había visto antes. Limpió sus anteojos entre las linternas de bostezos que trepadas a su boca intentaban romperle la nariz, desde abajo hacia arriba. Se sonrió.
Bajó la escalera de la parte delantera de su casa, lastimó sus pensamientos al saberse incapaz de surgir con naipes entre las rodillas, abrió la heladera y masticó las astillas de un sabor amargo. Se sentó junto a su gato sobre la mesa, lamió las raíces que colgaban de sus hombros, recordó aquel nombre que quería olvidar. Qué complejidad! Qué complejidad! Visión de aforismo en su cabeza opacada por la temperatura de los días. Volvió a decir. Lo último que escuchamos antes de cerrar los ojos y volver a sonreir.

domingo, julio 09, 2006

Mónica Marchesky desde el Castillo Pittamiglio

Pittamiglio


Querido Juan Carlos,

Tengo que contarte una experiencia que tuve y que es
para los estudiosos de las togas surrealistas,
reunidos en la mesa redonda del Rey de la alquimia:
Umberto Pittamiglio (Humberto Pittamiglio como se
renombró).

Hace unos días, el jueves para ser exacta, me
invitaron a ir a una visita guiada por el castillo
Pittamiglio y como no lo conocía fui, con una
expectativa natural. No sé si lo conoces, pero está
lleno de simbologías masónicas, rosacruces, templarias
y alquimistas, que es impresionante (en un momento
llegó a aturdirme tanto símbolo, pero he aquí lo que
me sucedió).

Hay una sala que está enteramente cubierta, de pisos
hasta paredes y techos por madera, pero muy labrada
con símbolos de toda clase, desde el infinito, hasta
gárgolas bicéfalas; bueno, al entrar sentí como una
leve inclinación, como si se moviera la tierra a mis
pies, fue muy leve, pero esa sensación siguió hasta
que salí de la sala y pasé a otra en donde los techos
están cubiertos de madera en ángulos geométricos y
espejos en el techo. Lo que sentí en esa salita fue
como si estuviera dentro de un útero sofocante, me
pareció que era como un pasaje hacia otra cosa, esa
otra cosa no sé cómo llamarla...
Luego visitamos los patios y cuando llegamos al que
está frente a la rambla en la cima y saliendo hacia el
mar hay un mascarón de proa con la Victoria de
Samotracia, y entendí entonces mi bamboleo de barco
que se hace a la mar.

Ya con esas dos experiencia lo que quería era irme,
pero el ser humano es masoquista y le gusta sufrir así
que subí hasta una especie de mirador semicircular en
donde hay en el piso un círculo dentro de un cuadrado
y la señora que guiaba al contingente de impresionados
e indecisos me dijo: parate en el medio y mirá para
arriba, la sorpresa fue que en el techo se repite el
cuadrado... y el círculo es un enorme agujero que mira
al cielo. Otra vez sentí un pasaje hacia esa otra cosa
como si fuera un gran ascensor... hacia?....

Bueno al salir ya no me esperaba nada más que guardar
mis experiencias (muy su-realistas) e irme a casa,
pero... la amable señora me dice: "... porque acá se
pueden hacer cosas muy interesantes". Y bueno, le
comenté que escribía y una palabra lleva a otra y
terminó diciéndome si quería ir a leer cuentos una
noche, y le respondí: ¡pero lo mío es de misterios!
Abrió su agenda y me dijo: "Tengo libre el jueves 13
de Julio". Y ya no me pude negar, estaba en una
telaraña, ese 13 era la trampa que me puso Pittamiglio
para que regresara.

Te envío la invitación para esa noche de misterios, no
me animo a estar sola, hay algo que me oprime el pecho
estando en ese lugar y aún no se qué es. Así que
invité a un escritor para leer cuentos de misterios
esa noche de jueves 13, mientras Pittamiglio se
regodea desde lo alto con su capa negro-carmín a la
espera de nuestras historias de espanto.

PD: La historia de la herencia de Pittamiglio es bien
interesante: le dejó todo a unos criados y éstos al
morir debían dejarlo a la Intendencia Municipal con
una cláusula muy singular, que sería devuelta a sus
manos cuando él regresara...

Un gran abrazo entre capa y espada
Mónica