lunes, febrero 13, 2006

Única fotografía conocida de la "Hermana Martina"

Hermana Martina - Juan Carlos Otaño

Uno de esos itinerarios por las ferias de las pulgas y librerías de viejo de Buenos Aires, me llevó a detectar, hace años, el ejemplar de un libro verdaderamente espantoso, que rezaba desde su lomo desgastado, carcomido por las polillas: “Comisión Nacional de homenaje al general Julio Argentino Roca: Gestiones del arzobispo Aneiros en favor de los indios hasta la conquista del desierto”. Escrito por Santiago Luis Copello, miembro de una encumbrada familia que dio sacerdotes y un cardenal a la Argentina, se trataba de un panegírico de la campaña punitiva que, entre 1877 y 1878, con el nombre de “Campaña del desierto”, el estado, las Remington a repetición (1), el alambre de púas y el telégrafo desataron contra las tribus de indios de la Patagonia, quienes únicamente contaban para defenderse con lanzas y boleadoras.

Esta gesta patriótica, heroica, civilizadora, semejante a la Conquista del Oeste y a la que, del otro lado de la cordillera, llevaban a cabo la Iglesia y milicia chilenas, había contado, al parecer, con las gestiones muy piadosas de la Iglesia Católica ya que, según aclara desde las primeras páginas, “siempre en su afán de hacer el mayor bien posible a los indios, el propio arzobispo Aneiros se internó en el corazón del territorio de los salvajes para persuadirlos de las bondades de la civilización”.

A partir de 1878, ya concluidas las hostilidades, comienza a implantarse la práctica de distribuir entre las familias, como si fuesen regalos, a los hijos y mujeres de los vencidos. El diario La Nación, del 31 de julio de 1878, informaba que “…El domingo 28 de julio fueron bautizados en la parroquia de La Piedad, cuatro criaturas traídas de la tribu de Catriel, todas ellas de 7 a 8 años de edad. Efectuó el bautismo el cura de La Piedad, doctor Larrosa”. Una de ellas, una niña cuyo nombre original indígena la crónica jamás menciona –aunque también proveniente de la tribu del cacique Catriel– fue entregada al matrimonio de Manuel Delgado y Genara Bessa, quienes por entonces vivían en la calle Lavalle 543 junto a sus dos hijas blancas, gestadas por ellos –legalmente reconocidas. La madre de la niña aborigen fue confiada a la familia del Dr. Roberts y su padre, posiblemente resultó “batido” en el desierto –recordémoslo, por sus propios captores /evangelizadores– si es que no vencido por el cólera en su confinamiento de la Isla Martín García (2) u obligado a integrar las filas de la Marina de Guerra. Así, en el libro de bautismos de la Parroquia de la Piedad (folio 382) se consigna la ceremonia el día 23 de abril, teniendo “como 8 años de edad, siendo sus padrinos sus generosos bienhechores, imponiéndosele el nombre de María”.

La niña –objeto de un secuestro, separada de sus padres y de su entorno cultural–, vivió en la casa del matrimonio Delgado hasta el fallecimiento de la pareja. Ante tal circunstancia, las dos hijas sobrevivientes decidieron ingresar a la Congregación Religiosa de las Hermanas de la Merced del Divino Maestro, y fue el destino de “María” seguirles los pasos y acabar ella misma como monja.

En septiembre de 1945, aproximadamente con 75 años de edad, todavía se la encontraba prestando servicios en el internado de Olivos llamado “Nuestro Hogar”, esta vez con el nombre de “Hermana Martina”. A partir de allí se ha perdido todo rastro de su existencia.

Este primer genocidio que recuerda la Argentina, con su infaltable secuela de secuestros de niños y falsificación de sus identidades –y siempre con el concurso y mediación de la Iglesia Católica–, en 1878 era considerado como algo perfectamente normal, inclusive altruista, y es por ello que hasta se proclamaba abiertamente en los periódicos.

Juan Carlos Otaño
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(1) Se trata de la Remington “Rolling Block”, rebautizada aquí como “Remington patria”, o simplemente “mata-indios”.
(2) Donde todavía se muestra a los turistas la “Casa de los indios”: lavadero, dependencias, lugares de descanso, etc.