
EN EL CASTILLO DE ARGOL
“Albert transcurre la jornada del día siguiente en el gabinete que se había dispuesto en la más alta torre del castillo, desde donde su mirada se hundía en el bosque. Su espíritu se hallaba ensimismado en vagas, confusas ensoñaciones: el bosque, en las vísperas de esta esperada visita, le parecía que multiplicaba sus oquedades haciendo brillar senderos secretos; todo lo penetraba una presencia inminente, como una vida leve de la que el brillo de sus hojas le parecía un simbólico testigo. Las salas vacías del castillo, en un pesado adormecimiento, esperaban ser pobladas por esta presencia: el eco de un paso sobre las baldosas, un crujido en los paneles de roble, el golpe de una abeja sobre el cristal, repercutían entonces, como una señal ansiada largamente, hasta en el fondo de su cerebro. Le parecía a Albert, de un modo bizarro, que este castillo somnoliento debió haber sido visitado, o derrumbarse, como un castillo de leyenda que hubiese arrastrado bajo sus escombros a sus enigmáticos servidores adormecidos.”
