viernes, abril 20, 2007

A 161 años del nacimiento de Isidoro Ducasse, Conde Lautréamont (4 de abril 1846)

“En la obra ducassiana, la vida animal no es una vana metáfora.
No aporta símbolos de pasiones, sino verdaderos instrumentos de ataque .”
Gastón Bachelard

Es indudable que sumergirse en la lectura de Lautréamont produce en nuestras fibras más profundas un perdurable efecto desestabilizador. Pues no nos tranquiliza inmiscuirnos en sus turgentes páginas cuyo líquido despelleja al erizo para hacerlo hablar.
Encontramos en ese viaje un gesto de ruptura violenta, una presencia de fatalidad que despierta el apetito de la vitalidad dormida en la vacuidad artificial de los días que parecen querer atraparnos, al esclavizar nuestra conducta a una suma de hábitos inútiles.
Ante el torrente punzante de sus páginas presenciamos el espectáculo de nuestra imbecilidad de miembros anestesiados, ya que estamos frente al compromiso con la libertad. No desaparecemos, así, en las arenas frías e inanimadas de la cosificación.
Lautréamont levanta sus quejas contra las tristes leyes de este mundo enajenado, partido, obstinadamente estéril; un mundo de imágenes que relampaguean ante el embrutecimiento del pensamiento. Lautréamont nos exige atención, sus páginas llenas de situaciones musculares abren cavernas hiladas de horrorosos signos dentro de nuestra imaginación. Ya que nos exige actitud, nos exige activar nuestra mente y nuestra sensibilidad en la lectura; nos exige un pálpito felino, un motor, una pinza que se trence en nuestro corazón.
Los cantos de maldoror producen el vértigo de la angustia de caer entre tormentas de comportamientos que nos renuevan de una literatura insípida caracterizada por las descripciones y los personajes que son títeres del autor. Allí no hay un desarrollo prosaico de un relato lleno de acciones que terminan en una conclusión forzada y esperable. Allí no hay argumento desparramado por un autor cuya lógica sistemática atice nuestra participación en el relato. En Los cantos se apunta al desorden de nuestro hábito de cómodos lectores contemplativos y ausentes. En lugar de ello, en lugar de invitarnos a sentarnos en un cómodo sillón a comer bizcochos y hojear unas instructivas páginas que alienten la literatura de entretenimiento o didáctica-pedagógica, se nos convoca a la conversación, al diálogo, al intercambio de materia orgánica, al enfrentamiento de pasiones, a nuestras pulsiones y deseos, allí, estamos en presencia de nuestra violencia, de nuestro exceso, de lo más brutal.
Este llamado al activismo en la lectura es lo que nos produce la figura de Maldoror en los cantos. Maldoror desobedece el mandato divino, se enfrenta a las leyes del gran Dios (cristiano) como prueba decisiva de su autonomía. De este modo se vuelve actor y artífice de su propia existencia. Los actos de crueldad, de vejación moral, de agresión contra los niños y contra el hombre ponen en marcha los mecanismos propios de un hombre atormentado que solitariamente se expone a la mayor violencia, al mayor exceso es busca de la agitación. El mundo en el que vive Maldoror es un mundo marcado por el horror y el espanto. No hay en él imágenes delicadas, bellas y anecdóticas, no hay escenas azucaradas por el romance y el sentimentalismo, no, es una atmósfera que respira sangre, muerte y desolación. Los paisajes que allí se muestran son situaciones descarnadas, musculares; son situaciones cargadas de sadismo y desprecio a lo vulgar, humanas por lo fuertemente animal, situaciones de exaltación y resentimiento, el dolor de un mundo sulfurosamente blasfemo y desesperanzador.

Muchos críticos relacionan en Los cantos de Maldoror esta apelación a un lenguaje intensamente violento, con la época de enfrentamiento entre Rosas y Oribe, que es el momento en el que nace Isidoro Ducasse, conde de Lautréamont. Momento recordado como el “Sitio de Montevideo”, caracterizado por una atmósfera de guillotina y violencia.
Pero es verdad que la poesía de Lautréamont está exenta de naturalismo, de color local, del exotismo propio de un escritor parnasiano. No hay en su poesía elementos que nos hagan pensar en una descripción de una realidad reconocible históricamente, debido a que no hallamos allí artificio decorativo ni tono biográfico. Pero sí podemos pensar en su poder de denuncia que trasciende toda fecha y toda época. Ya que hay un pulso que filosamente se muestra en las palabras del propio Maldoror al decir: “Viejo océano, las especies diversas de peces que alimentas, no se han jurado fraternidad entre sí. Cada especie vive apartada (...) lo mismo pasa con el hombre, que no tiene los mismos motivos de disculpa. (...) La gran familia universal de los seres humanos es una utopía digna de la lógica más mediocre.”[1]
En este párrafo, que es mucho más extenso y que vale la pena tomarse el trabajo de leer, aparece según pienso, una de las cuchillas centrales que constituyen las fibras de la poesía de Lautréamont. Se expone allí la crítica, la reflexión sobre la humanidad, sobre el género humano. Ya que Los cantos son, en definitiva, un insulto lanzado del hombre hacia el hombre al tomar conciencia de su propia bestialidad. No hay visión sacralizadora, no hay pacifismo, no hay un discurso esperanzador que defienda los beneficios de lo humano. No hay un espíritu de reconciliación con el mundo y la humanidad. Lo que sí hay en la poesía de Ducasse es queja burlona, es grito paródico, es escepticismo crudo y sincero que reflexiona sobre la ausencia de un dios y de un hombre dignos de ser glorificados.
El Creador, el Dios soberano de la poesía ducassiana es un borracho vestido con harapos que mendiga entre los animales y el hombre; que se cae frente a ellos mientras se deja golpear por un burro en medio de la sien, clavar por un erizo, mear por un sapo y defecar “sobre su augusto rostro”, por el hombre durante el trascurso de tres largos días. Dios es en Los cantos de Maldoror un ser despreciado, débil y mediocre que se presenta a sí mismo derrotado por su propia creación. Humillado, pronuncia estas palabras en el Canto Tercero: “¡Oh, no, nunca sabréis lo difícil que resulta empuñar constantemente las riendas del universo!”[2].
Y después de esto, después de haber visto un mundo rasgado por la crueldad, por una naturaleza corrompida, por un dios inútil y derrotado, el hombre frente al paisaje de su propia estupidez, después de haber visto la bestialidad y el horror, nosotros, lectores avisados y advertidos, pero sobre todo, nosotros, hombres: ¿dirigiremos nuestros pasos hacia atrás o hacia adelante?



Abril de 2007

Mariela Arzadun



[1] Isidoro Ducasse, Los cantos de Maldoror, Ed. Coyoacán, México, 1997, p. 21.
[2] P. 102.