lunes, julio 31, 2006

La ausente - Mariela Arzadun

Cuando conocí a la señora Bizancio, entre bostezo y bostezo, observando detenidamente las flores rojas, que adornaban el jardín encerrado entre brillantes cristales, agudicé mi mirada para protegerme de lo que vendría. Mujer con carácter atiné a pensar, por no decir lo que realmente pensaba.
Me acomodé en el aterciopelado sillón verde musgo, que participaba de la pequeña sala en la que estábamos colocadas, encendí un cigarrillo, palpé las imperceptibles arrugas de mi larga falda, y me dejé llevar por ese mar puntilloso de palabras punzantes, que me esperaban del otro lado de la playa. Iba en busca de mis primeras impresiones. Siempre me habían atraído las personalidades insolentes y altaneras, debido al aire teatral que percibía en ese ir y venir de gestos, que creía, acompañaban todo discurso serio e importante.
Además las quejas no iban dirigidas hacia mí, sino hacia la mujer que se encargaba de mantener la casa siempre limpia y presentable. Yo solamente miraba la escena, como una insensible oyente con aire de comediante, a la que le agradaban los enfrentamientos inútiles, por su parecer siempre trágico y trascendente.
La casa presentaba sus atractivos. Enseguida supe que podríamos entendernos al chocar mis caprichos con las pequeñas dosis de orgullo y exuberancia que ya aportaba la escena. Al pisar aquellos alfombrados suaves y limpios, dejé vagar mi imaginación hasta hallar la imagen de la que sería mi próxima pintura. Ese era mi método. Hacía cinco años que me dedicaba a recrear ambientes. Encontraba en ese lujo, el placer de parecer útil cuando en realidad, estaba realizando la más inútil de las tareas que el espíritu se ensaña en expulsar, cuando no tiene nada mejor que hacer.
La gente se había acostumbrado al cambio continuo. Ahora deseaba vivir en espacios nuevos todos los meses. Pedía que les inventara lugares cada vez más exóticos y raros. Y entre los amigos se llevaban a cabo las más interesantes competencias. Contrataban a los mejores fotógrafos para guardar sus caprichos, e ir comparando la diversidad de estilos y tendencias según la temporada. El brillo los seducía con su aire de superioridad. Y cuando se dibujaba en su rostro la mueca del desdén propio de la amante despechada, podían incluso hasta morir, si no eran besados por esos labios de terror vestido de gala. Le rendían los mayores honores a la exuberancia de las formas. Encontraban en ello el manto frugal que los protegería del fatal anonimato.
No presté atención a las indicaciones de la dueña de casa. Siempre en desacuerdo consigo mismas, piden lo que no quieren que una haga. Nunca están conformes con lo que piensan o, mejor dicho, con lo que creen que piensan y si uno pone todo su empeño en reproducir lo que piden, terminará no sólo cometiendo un asesinato con la idea ajena si no además, terminará suicidando la propia. Así que mientras componía su monólogo subyugante, me dediqué a observar detenidamente, aquel salón en el que estábamos cómodamente sentadas. Parecía recién pintado y florecía en una luminosidad especial, que le daba un aspecto particularmente calmo e inmóvil, como de otro tiempo. Grandes plantas caían indecorosas por los ordenados estantes cubiertos de libros, que tapizaban toda una pared. Me detuve en los libros de pintura. Y centré mi atención en aquellos autores y títulos desconocidos para mí. Por cierto, eran muchos.
La mujer seguía apilando palabras en forma de pirámide con lo cual razoné, terminaría su idea y me vería perturbada por un oscuro silencio, abierto a las divagaciones de mi espíritu. Supe simular un rostro atento frente a la conversación que la mujer pretendía esmaltar con oro y perlas, pero que a mis oídos caía como un pájaro muerto debido a una enfermedad pasada de moda.
Había en un rincón apartado de la luz, un instrumento de cuerdas, que no recuerdo el nombre, pero que la señora Bizancio dijo haber traído de Marruecos, al haber encontrado el avioncito ganador en un paquete de yerba.
Terminada la presentación oficial, realicé una serie de anotaciones en mi libreta mientras le acercaba con una suave sonrisa, mi radiante tarjeta de letras escarlatas sobre un fondo azul pálido. Y finalmente me fui con un ceremonioso movimiento de cabeza, previamente elegido para estas ocasiones.
Recibí el llamado de la dueña de casa luego de dos días. Tiempo prudencial, que no manifiesta desesperación pero tampoco olvido. Acordamos que iría al día siguiente, portando ostentosos diseños generalmente imposibles de llevar a cabo, pero que el sólo hecho de presentarlos generaba en el otro, la impresión de que sabía realizar mi trabajo.
En la puerta de calle me choqué con el marido de la señora Bizancio. Me miró unos segundos antes de presentarse y pude percibir un brillo especial, dentro de la oscuridad que envolvía sus grandes ojos. Con un movimiento suave de manos se retiró rápidamente pues, se disculpó, llegaría tarde a su trabajo. Marcos era un hombre de unos cincuenta años, algo más joven que su mujer y abogado de renombre. No sólo había sido conocido por su eficaz labor en el fértil terreno de las leyes, sino que además, había tenido la sucia desgracia de verse involucrado en algunos negocios de la noche, no muy bien vistos por la sociedad del momento. Pero ahora, todo había sido olvidado y había podido volver a ser un hombre respetable y orgulloso de su buen nombre.
La señora Bizancio me esperaba en el jardín con un delicioso té de hierbas. Lucía sonriente y recién perfumada. Había recogido con dedicación sus largos cabellos sobre la nuca, dejando a la vista un estirado rostro algo bronceado. Al verme tan pálida quiso recomendarme unas cremas bronceadoras, que unos conocidos amigos habían podido rescatar de la aduana, y que a ella le habían dado muy buenos resultados.
Estuvo conforme con mis diseños. Después de haberme contado acerca de la enfermedad de su madre, de lo terrible que era tener una hija adolescente y de describirme detalladamente el aburrimiento que le generaba estar todo el día sola, encargada de los hijos y de la casa, dejó todo en mis manos. Me aseguró que confiaba en mi buen gusto.
Yo mientras ella apilaba sus padecimientos, me había detenido a mirar una escultura tallada en roble que había al lado de una espléndida rosa china de color naranja, que adornaba el lado este del jardín. Después supe por el jardinero, que aquella talla había sido el regalo de bodas del abuelo de Marcos. Él era escultor y les había terminado la obra justo antes de morir. Un paro cardíaco le había impedido concurrir a la ceremonia religiosa. Pero la familia quiso que en su lugar, la escultura estuviera presente y por ello la habían colocado en al atrio de la iglesia, frente a los novios y al lado del cura que los uniría en el santo matrimonio.
El día estaba espléndido. Un cielo de luz celestial, salpicado con un barniz blanco de sombríos bordes, acompañaba mis pasos por el pasto recién cortado y humedecido por el rocío de la noche. No esperaba que otra imagen me asaltara en ese momento. Parecía ser que algo se había pulsado adentro mío en ese momento. Como si un lazo negro hubiese estrangulado mis nervios, hasta conmoverlos de un modo desconocido para mí. Evidentemente nada bueno había ocurrido. Sin embargo, amarillas gotas de sudor aparecían en mis manos cuando el sol lograba imponerse entre las orgullosas nubes de aquel autoritario y fantástico retrato.
La décima campanada de un antiguo reloj, de extraños números romanos, comprado hacía algunos años en una subasta, me arrancó de las cavilaciones en las que me veía sumergida. Lo cual despertó en mí la necesidad, el impulso febril, de sacudir fuertemente los cabellos de la dueña de casa, hasta despeinarla. Pero me contuve y sólo atiné a pedirle un poco más de ese sabroso té verde. Crucé suavemente las piernas, acomodé cuidadosamente las esclavas de plata que sostenían mi muñeca y luego de un largo suspiro reconfortante, me dispuse a explicar los próximos movimientos, que pensaba llevar a cabo dentro de aquella casa, de esbeltas puertas y filosas ventanas.
Quería interesar a mi auditorio con un escenario provocativo. Nada vulgar. Tampoco cubierto de ornamentos sin sentido. No buscaba conmoverlos, pues odiaba el llanto de quienes se sienten vivos sólo cuando logran derramar unas cuantas lágrimas. Quería pasión, sí, quería apasionarlos. No pretendía arrancarles de sus almas el instinto de guerra. No entendía a la pasión como un instrumento que sirviera para que los hombres vomitaran sus verdades más profundas. Veía en la pasión ese condimento que también ilumina a la verdad. Veía el fuego consumiendo al cartílago, que sólo se conforma con las vísceras o con los excrementos. Veía el rojo aire que se hunde en lo poco que tenemos de nosotros mismos.
No sabía cómo llegar al efecto preciso en un mundo de pieles resecas por los medicamentos y los fármacos sin savia.
Nadie se asombró cuando descubrió los largos cabellos de Eugenia sosteniendo la lámpara del pequeño vestíbulo color sangre.