miércoles, abril 12, 2006

El Surrealismo no es un talismán para los "notables" - Leandro Ramírez

Salen del humo para anclarse en los anillos de unos patriarcas ofuscados. Ellos no saben qué comen, qué los come y qué dan de alimento a su prójimo. Yo intentaría indagar cúal fue el sufrimiento vergonzoso y mecánico que los molestó de una manera tan apabullante. Ahora es lo suficientemente tarde, los altoparlantes del patio de recreo en las plazas enrejadas comunican que debajo de la línea del agua entumecida nadie tiene derecho a vivir. El pensamiento intenta ser acorralado en un vientre acolchado con todos los nacionalismos engangrenados, temblando en plena contradicción pero no saciados de vacío. Los colores fueron escondidos con cautela. La tierra musgosa se reparte a cucharadas, y la boca rompe su natural capacidad con intenciones de llenarse de barro perfumado.

¿No es el Surrealismo la disposición del hombre para arrojar sobre la perspectiva de todo proyecto de cambio, un aporte que -entre la desesperación y el propósito de constatar las consecuencias de la poesía y lo inagotable del deseo- sitúa la cuestión del cambio y al hombre mismo dentro de problemas aun más graves que lo obligan a redefinirse a cada paso? En esa posición de extrañamiento visceral, y en la que sin embargo pueden definirse cuáles son los espacios en los que el hambre de libertad no es el nombre de una exposición regada en terrenos baldíos del Estado norteamericano; en esa posición de “apartamiento absoluto” donde se radicalizan todas las preguntas y los aspectos de cualquier escenografía son desmenuzados con intriga, surge a la consciencia que el surrealismo (en 1930) necesariamente debía encontrarse en un período de preparativos de carácter artístico. La experimentación en el arte y en la vida es una característica puntual de la actividad surrealista, en ese terreno todos los días puede comprobarse que no hay un destino fijo para todas esas búsquedas emprendidas hace décadas y puestas al día hoy por los grupos contemporáneos. Sin que representara nunca un fin consciente, el surrealismo parece haber pasado por al lado de algunas de las contradicciones más ociosas del siglo XX, como las tensiones entre: clásico/moderno, obra/no-obra, contenido/forma, arte/no-arte, producción/huelga de arte, esteticismo/política, adornar/molestar, repetir/crear.

El arte "oficial" contemporáneo (es decir, un arte que se insinúa estereotipadamente osado y transgresor, tan rebelde como tolerado por el poder) ofrece más que nunca la función de un fiel agente de conservación social, casi como la policía, los partidos políticos y el periodismo. Monopoliza bajo sus definiciones toda posibilidad de accidentes creadores independientes.

La banalidad desoladora nos obliga a distraernos con objetos ingeniosos y decorativos. La liberación del hombre por sí mismo en manos de su propia imaginación es una intención olvidada. Realidades más concretas se hacen tangibles en los santuarios del Mercado del Arte en forma de rebuscados objetos de consumo, proporcionan una absoluta desesperanza con respecto a cualquier actividad que involucre a la poesía como aspecto central del debate.

Las condiciones presentes desalientan poder concebir cualquier manera de pensar las manifestaciones del deseo fuera del paradigma artístico capitalista. Existe un dualismo, un prejuicio de uso masivo, que es aplicado aquí para ubicar en el imaginario colectivo toda posibilidad de rehusarse a ello, entre la muerte dolorosa de los mártires y la miseria de los que son culpables de ceder ante su propia curiosidad. Es que el Arte con mayúsculas no es nada más que un tipo de economía empleado forzadamente sobre manifestaciones humanas que en verdad son imprescindibles, irreductibles a la autopsia académica que es llevada a cabo por la opinión de los "notables". Con razón no se confía en el potencial del Arte para modificar nada, ni siquiera el aspecto estético del mundo, siendo que a esta altura de las circunstancias muy pocas cosas no parecen estéticamente conservadoras.

Si se trata de someter a la mirada de los niños las diferentes partes que constituyen una obra de arte, retiradas del universo afectivo en la subjetividad de cada persona con el filo del bisturí, sabemos que ya fue superada la empresa ociosa de los especialistas: es sabido que lo que constituye la sustancia de una obra es algo que no se puede vender, porque fuera de su curso casi no puede ser pensado.

Y en el terreno de estas insalvables limitaciones que observamos en la naturaleza del mundo del arte, tristemente esquemático, podemos entrever no sólo innumerables formas de resistencia sino también un terreno teórico vedado para siempre a la guadaña de la lógica mecantil. Lo que se pretente dominar no es la causa misma de la libertad, sino consecuencias superficiales de una revuelta más implacable, representada por Breton como "una crisis de conciencia del tipo más general y más grave posible".

Porque no importa el arte. Es una pieza más dentro de la lógica de esta cuestión, y su destino -favorable o no- va a ser arrastrado por cómo se resuelva en el mediano plazo el enfrentamiento entre el hombre y lo que el hombre no puede dejar de decir a pesar suyo y a pesar de miles de mentes militares.

En todo caso, allí donde algunas modificaciones sobre el entorno cultural de una ciudad se pretenden interpretar en términos artísticos, si esos hechos resultan verdaderamente insolentes, irremediablemente van a molestar a quien tiene que molestar y van a iluminar la esperanza de toda traición a la realidad, asistida por manos que lucen calladas o en guardia, según cómo se las mire.

Leandro Ramírez (11 de abril de 2006)