Una moda intelectual reciente se ha obstinado en arrojar, sobre el llamado «género de terror», la incriminación tan injusta como infecunda según la cual éste sería la expresión y el vehículo de «inquietudes ideológicamente reaccionarias».
Es así que recientemente se han podido leer artículos en los medios orientados en esta linea de interpretación y hasta un conocido pisaverde del ambiente de los cine-clubes llegó a declarar que los films reaccionarios lo «divierten».
Hasta qué punto se demuestra que no existe nada más decrépito que la «última moda», que los hitchcocko-hawksianos-neo jansenistas no han advertido la escasa originalidad de su «descubrimiento»: Ya en el siglo XVIII se esperó encontrar, en el espectro que asolaba desde las páginas de la novela gótica, una especie de nostálgico retorno de los oscuros poderes del pasado feudal; luego, Kracauer, no titubeó en asimilar los monstruos del expresionismo cinematográfico con los del partido nacional-socialista; hasta llegar al film americano de terror y de ciencia-ficción de los años '50: las criaturas maliciosas y horripilantes –lejanamente homínidos– llegadas a la Tierra para destruirla, habrían de ser la transposición del peligro de los soviets, abatiéndose sobre el mundo de la «libre» empresa y sobre la familia de Occidente.
En el período actual se ha pasado, del reduccionismo sumario, a una solución todavía más práctica y funcional: El espíritu flou elige directamente no indagar en las razones de su sufrimiento, todo sentimiento o emoción intensos serían proscritos como potencialmente amenazantes.
Y al fin de cuentas, en nuestros días el fantasma de la Ópera encontraría un remedio para sus humillaciones en el lifting providencial o probaría con dejar de fumar; los aristocráticos vampiros, promiscuos y excesivos, buscarían las vías para una sexualidad «limpia» y «seca»; los crímenes de la Rue Morgue serían cubiertos por los canales de televisión y la horrible bestia que los perpetró, filmada «in fraganti» por un videasta amateur, sería finalmente sobreseída en nuestros tribunales por falta de méritos.
Tal «estado de las cosas», sólo puede producir en nuestro país mariconadas como aquel mimo-pierrot-vampiro aparecido en una reciente comedia musical «espectacular»; o, internacionalmente, las tonterías de Warhol o de Coppola, a propósito de unos mitos que los exceden en toda la linea –y frente a los que no pueden evitar comportarse como unos verdaderos «Peter sin sombra». Caricaturas y parodias y variados «ejercicios estilísticos» que harían ruborizar al más desparejo de los pompiers pueblan los cielos de Occidente con espesos nubarrones de tormenta, mientras el kicht despliega en abanico su inmensa cola de pavo real.
Nada nos dice la crónica de los tiempos actuales, sobre las razones que pudieron tener los movimientos culturales que realmente modificaron las razones de pensar y de sentir: el romanticismo, el expresionismo, el surrealismo; los cuales acordaron a la ficción de terror una importancia que holgadamente supera el terreno de las curiosidades formales o de una mera cláusula de estilo. Fue sin dudas el propio marqués de Sade, desde sus prisiones, el primero en advertir la partida de nacimiento del romanticismo, no sólo por las novelas filosóficas de Rousseau, a las que trataba sistemáticamente de «corregir»; sino porque, en el «roman terrifiant» contemporáneo, Sade percibió «el fruto indispensable de las conmociones revolucionarias de las que se resentía Europa entera». La novela gótica, fermento inicial del romanticismo –pero también el más oscuro romanticismo, el romanticismo más liberado de escorias y «decoraciones»–, habría llegado como un rayo atravesando desde las regiones del sueño y el sonambulismo terroríficos, para irrumpir a plena luz del día en los sótanos de La Bastilla.
En la génesis de este poderoso excitante intelectual intervienen, en concurrencia con las circunstancias de la Historia, los preciosos particularismos, los accidentes individuales.
Recuerdo de mi infancia a unos minúsculos moluscos fósiles, grabados con nitidez sobre lajas de piedra calcárea, en un jardín que recorría a la hora de la siesta. Se me dirá que eran solamente unos pequeños nautilus dibujados sobre la superficie de un sendero irregular. Pero, ¿cómo habían llegado hasta allí esas siluetas fantasmáticas que producían el asombro, la fascinación? Y observándolas, yo era libre de imaginar historias. De manera que toda forma viviente podía ser fijada en estatuaria: ¿Por qué el camino inverso no iba a ser recorrido de la misma forma? Por aquellos días, explorando un terreno baldío, descubrí con unos amiguitos, en el fondo de un pozo cubierto por la maleza, un busto de granito que representaba una mujer de rostro aplanado: sobre su frente lucía una pincelada, muy enigmática, de color rojo –que enseguida interpretamos como sanguinolenta. Huimos espantados. Durante la semana ese rostro, que había cobrado vida, dio pie a conjeturas muy tenebrosas: una madre, bajo la lluvia torrencial, habría arrojado su bebé en el pozo, etc.
Por supuesto, no es relevante entablar una correspondencia con aquello que nos produce miedo. El miedo por sí mismo no es el fin, no podría ser –en la ficción de terror– sino la corriente conductora que nos conecta, vertiginosamente, con lo maravilloso. Sólo lo maravilloso, percibido ahora con los mismos ojos de la realidad, embellece la existencia y devuelve a la vida real los colores reales de las cosas reales.